“Yo renuncié el mismo día en que supe la noticia de que estaba embarazada” dice Ella-porque esa es la condición, referirse así para no entorpecer las acciones legales ya adelantadas-mientras el viento de las 5  refresca la tarde.

Hemos salido de la primera asamblea del sindicato SINALPROFFT, un gremio conformado por profesionales de la salud que trabajan con el Movimiento, el Habla y la Ocupación de las personas con distintas enfermedades. Un grupo de personas cansadas e indignadas del constante desprestigio y la falta de compromiso para con una carrera profesional como cualquier otra.

-Nosotras-Ella y su compañera-trabajábamos en una IPS encargada de promover la rehabilitación de personas en situación de discapacidad.

-Me vinculé con esta empresa en el 2009 por medio de un contrato de prestación de servicios. Aquí trabajaba 10 horas de Lunes a Viernes y los Sábados de 7am a 3pm.

-Éramos 2 fisioterapeutas y 3 auxiliares de fisioterapia distribuidos en 2 cubículos, atendiendo a 8 pacientes por hora; 16 pacientes en total que más tarde, y por imposiciones de los jefes, se duplicarían las cifras.

La voz de Ella toma protagonismo: es tranquila y parsimoniosa, casi arrulladora. Sus manos permanecen sosegadas sobre la mesa. Su postura calmada refleja tenerlo todo bajo control.

Son 16 pacientes con diferentes patologías; 16 personas de diferentes caracteres, 16 cuerpos que les urge ser curados en 1 hora, donde solamente 2 manos acuden a su llamado.

El “maravilloso” Sistema de Salud que tenemos obligó a que los terapeutas físicos, del lenguaje y la ocupación, tuviéramos que atender (aunque no sea mi caso) a 10, 11, 16 o hasta más pacientes al mismo tiempo para poder tener un salario aceptable. Y como si esto fuera poco, el tipo de contratación (de servicios) no ayuda para nada a que el trabajador se acomode económicamente.

-Todos  hablamos de la crisis de la salud- interviene su compañera, -pero nosotros contribuimos a que siga en ella, aceptando trabajos mal pagos, permitiendo que nos sigan maltratando laboralmente. Porque un recién graduado no piensa en nada más que en ganar dinero sin detenerse a reflexionar si nos ganamos lo justo; si estoy siendo leal a mi profesión rebajándome a salarios tan risibles.

En este punto de la conversación las miro: Ella, sin perder un instante su compostura juega con las llaves que tiene en las manos, escucha a su compañera entrar en la conversación y me sonríe. Un gesto que solo tienen las personas de conciencia tranquila. Pero: ¿acaso no deberían estar desesperadas?. ¿No tendría que haber un discurso incendiario y lleno de rabia? Pues no hay nada de eso. Y no lo hay porque encontraron el sindicato; esa organización que les dio el espaldarazo y las motivó a valorarse profesionalmente, a no traicionar su labor, a no dejarse llevar por el individualismo mundial que prima en estos tiempos.

Haber encontrado el sindicato nos dio valor, nos fortaleció mucho, nos subió la autoestima, nos hizo querer y creer de nuevo en nuestra profesión.

Y con ese coraje y esa valentía me siguen contando las injusticias que padecieron con esta empresa: despidos injustificados, abuso y acoso laboral, inconformidad en los pago, falsificaciones de exámenes médicos laborales, malos tratos personales con administrativos, en fin, múltiples inconsistencias en una empresa que promueve, se supone, el bienestar de la salud en general.

Cae la tarde y así mismo nuestra conversación. El viento es constante y ruidoso; tanto que se confunde con la bulla de los carros en el tráfico de las 6 de la tarde. Por último me dicen que realizaron una renuncia masiva (motivada). Fueron 8 profesionales que la presentaron a la empresa. 8 indignados por la situación. 8 inconformes. 8 valientes.

Las veo irse en un carro blanco. Ahora el viento me da de frente y camino en contra de él pensando en todo lo que me dijeron y entendiendo, por fin, lo que muchas veces he escuchado y no había podido comprender: sí es posible renunciar por amor, amor a la profesión.

APRA.

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